Zoe levantó
el rostro. Aún podía paladear el metálico sabor en su boca. Su lengua y sus
labios estaban cubiertos por la sangre ya seca, de un rojo oscurecido. Estaba
saciada pero, aun así, sentía un enorme vacío en su estómago. Levantó la mirada
e hizo frente a los escrutadores ojos del ángel, si es que se le podía llamar
así, que permanecía allí, quieto, expectante, tranquilo y curioso al tiempo. No
entendía nada. No recordaba nada. Quería saber más y sólo había un camino
posible.
- Éste era
un violador –le dijo el ángel–. De niños. Seguro que su sangre sabe a
culpabilidad.
- ¿Has
bebido mucha sangre? –le contestó Zoe pasando el dorso de su mano por sus
labios, tiñéndolo con un suave rastro bermellón.
